Hace dos años, un perfil periodístico sobre Hannah Neeleman, la exbailarina convertida en influencer del movimiento “tradwife”, sacudió la conversación digital. Neeleman, quien vive en una granja con su esposo y sus ocho hijos, proyecta una imagen de realización personal a través de la tradición. Sin embargo, los detalles de su vida cotidiana sugerían una realidad distinta: una existencia marcada por el agotamiento, la ausencia de ayuda externa por decisión de su marido y la renuncia a una carrera profesional en la danza. La disonancia entre el relato de plenitud y las grietas de sacrificio personal despertó una inquietud profunda en su audiencia.
Esta misma inquietud emerge, de manera inesperada, en las nuevas memorias de la escritora Lindy West, tituladas Adult Braces. West, una figura emblemática del feminismo digital y la positividad corporal, revela en su libro una realidad privada que contradice su imagen pública de empoderamiento. A pesar de haber sido un símbolo de independencia, West describe un matrimonio marcado por el dolor y una relación distorsionada con su propio cuerpo, encontrando una supuesta paz tras acceder a la exigencia de su esposo de mantener una relación poliamorosa.
La ideología como herramienta de control
Resulta tentador interpretar el relato de West como un fracaso de las creencias progresistas, pero un análisis más sobrio sugiere algo más universal: la autoanulación femenina. Esta tendencia, históricamente celebrada en sectores conservadores, también encuentra espacio en la izquierda. Cualquier ideología puede ser instrumentalizada para convencer a una mujer de que sus propios límites o deseos son, en realidad, fallas personales o falta de compromiso con una causa superior.
En textos anteriores, West presentaba su matrimonio con el músico Ahamefule Oluo como un ideal feminista. No obstante, en Adult Braces confiesa que, casi desde el inicio, la relación estuvo condicionada a que él pudiera involucrarse con otras mujeres. Ella accedió por temor a perderlo, enfrentando una inseguridad insoportable en un entorno donde la no monogamia se presentaba como un imperativo de liberación. Su angustia se veía exacerbada por una profunda falta de autoestima, permitiendo que su pareja utilizara un lenguaje político para invalidar sus necesidades emocionales.
El refugio en la infancia
Hacia el final de sus memorias, la autora describe una transición hacia una vida compartida con su esposo y la novia de este. West se declara feliz, aunque con un tono que roza lo defensivo. Lo que resulta perturbador para el lector es la voz que adopta: una regresión hacia la infantilización. Describe dificultades para gestionar las responsabilidades básicas de la adultez y celebra ser cuidada por otros, llegando a tatuarse la frase “good girl” y encontrando consuelo en ser arropada por su esposo y la pareja de este.
Este repliegue hacia una etapa infantil parece ser la respuesta ante una realidad emocional que no pudo gestionar bajo los términos de la autonomía adulta. Al igual que Neeleman, quien tras la publicación de su perfil defendió fervientemente su estilo de vida y a su marido, West sostiene que ha encontrado su lugar. Sin embargo, en ambos casos subyace la misma mecánica: la adaptación de los deseos propios a los de la pareja.
La política, ya sea bajo el ala del conservadurismo o del liberalismo social, no parece ser suficiente para proteger a las mujeres de la necesidad autoaniquiladora de ser amadas. Al final, la narrativa de la tradición y la de la liberación radical pueden terminar convergiendo en el mismo punto: el sacrificio del yo en función del otro.