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Economía

El café de especialidad boliviano se consolida como un referente de exportación premium

La producción de microlotes de alta calidad en los Yungas posiciona al país en el mercado global de especialidad, que proyecta mover 180.000 millones de dólares para 2030.

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La industria del café de especialidad en Bolivia ha dejado de ser un complemento agrícola para convertirse en un sector estratégico de exportación con alto valor agregado. Lo que comenzó como proyectos familiares en las laderas del valle de Takesi, en Yanacachi, hoy sitúa al país en el mapa de los compradores internacionales más exigentes, gracias a microclimas que permiten el cultivo de variedades como el geisha a más de 2.200 metros sobre el nivel del mar.

Este fenómeno responde a una transformación en la cadena de valor. Según datos del sector, el mercado global del café de especialidad —granos que superan los 80 puntos en una escala de 100 tras una evaluación sensorial estandarizada— superó los 110.000 millones de dólares en 2025. Se estima que esta cifra podría alcanzar los 180.000 millones hacia 2030, impulsada por un consumo creciente en mercados como Estados Unidos, donde el 46% de los adultos consume este tipo de café de forma habitual.

De la mina a la taza de especialidad

El caso de Café Takesi ilustra esta transición. La finca, originalmente adquirida para la explotación de tungsteno, descubrió que su ubicación subtropical y sus suelos marcados por la actividad minera ofrecían un perfil de taza inusual. "El café de especialidad en Bolivia no es solo un producto de exportación, es una oportunidad para reconfigurar la relación entre lo rural y lo urbano", explicó Rodrigo Daza, gerente general de la Fundación Patiño. Según el ejecutivo, el reto actual es evitar que el valor se quede únicamente en el mercado externo y construir una cultura local sostenible.

A diferencia de competidores regionales como Brasil o Colombia, el país no compite por volumen, sino por la singularidad de sus microlotes. La producción se concentra en los Yungas paceños, en poblaciones como Caranavi, donde el grano se cultiva entre los 1.200 y 2.300 metros de altitud. Esta elevación, sumada a procesos manuales y experimentación con métodos como el honey —proceso donde se seca el grano con parte de su mucílago o pulpa—, genera perfiles complejos con notas florales y frutales muy cotizadas.

Impacto en el consumo interno y tensiones económicas

El auge exportador ha dinamizado la economía urbana. Emprendimientos como Typica han expandido la cultura del café con 18 locales en seis ciudades, integrando laboratorios de cata y tostadurías especializadas. Sin embargo, el éxito internacional genera presiones en el mercado doméstico. La depreciación del boliviano registrada en 2025 ha incentivado las exportaciones, pero también ha provocado que los granos de mayor calidad se encarezcan para el consumidor local.

Expertos y baristas advierten sobre una posible "gentrificación del café", donde el producto nacional de alta gama se vuelve menos accesible internamente debido a la brecha entre los precios locales y las cotizaciones internacionales. Este escenario plantea un desafío para las políticas públicas, que deben equilibrar el fomento a la exportación con el desarrollo de una cadena de valor que incluya a baristas, tostadores y emprendedores locales.

Finalmente, el modelo productivo boliviano destaca por su sostenibilidad. Muchos productores emplean sistemas agroforestales que combinan el café con cacao y otros cultivos, lo que protege la biodiversidad y mejora la trazabilidad. Además, el café nacional mantiene una ventaja competitiva ética: no figura en las listas internacionales de productos asociados al trabajo infantil, un factor determinante para el acceso a mercados premium en Europa y Norteamérica.

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