La Administración Nacional de Aeronáutica y el Espacio (NASA) de Estados Unidos enfrenta nuevos cuestionamientos médicos ante el próximo lanzamiento de la misión Artemis II hacia la Luna. El viaje someterá a los astronautas a un bombardeo constante de partículas de alta energía y condiciones de microgravedad que, según investigaciones recientes, provocan alteraciones físicas difíciles de revertir y riesgos biológicos que la ciencia aún intenta cuantificar.
Impacto en el sistema circulatorio y el corazón
La ausencia de gravedad genera una confusión hidrodinámica inmediata en el cuerpo humano. En la Tierra, la gravedad empuja los líquidos hacia las extremidades inferiores; sin embargo, en el espacio, el plasma sanguíneo migra hacia el torso y la cabeza. Este desplazamiento altera el funcionamiento del corazón, que deja de latir con su potencia habitual al detectar un exceso aparente de fluidos en la zona superior del cuerpo.
Como consecuencia, el músculo cardíaco comienza a atrofiarse y adquiere una forma esférica. Al regresar a la Tierra, los tripulantes suelen padecer hipotensión ortostática, una condición que impide al sistema circulatorio mantener el flujo de sangre al cerebro cuando la persona se pone de pie. Este fenómeno también se vincula con daños en el nervio óptico, lo que compromete la agudeza visual de los viajeros espaciales.
La estructura ósea representa otra de las áreas de mayor vulnerabilidad. Durante la estancia en el vacío, las células encargadas de descomponer el tejido óseo superan en actividad a aquellas que lo forman. El resultado es una pérdida acelerada de densidad ósea similar a un proceso de envejecimiento de décadas ocurrido en pocas semanas. Según informes técnicos, ni siquiera el entrenamiento físico intensivo logra compensar el desgaste en zonas críticas como la cadera y la columna vertebral.
Alteraciones moleculares y radiación
A nivel molecular, los científicos han detectado cambios en los telómeros, los extremos de los cromosomas que protegen el ADN. Durante la misión, estas estructuras se alargan, pero al aterrizar en la Tierra sufren un acortamiento drástico. Este proceso deja al astronauta con un perfil biológico más vulnerable ante enfermedades degenerativas y el envejecimiento celular prematuro.
El riesgo más crítico en el espacio profundo es la radiación, que es cientos de veces superior a la registrada en la órbita terrestre baja. Los tripulantes de Artemis II estarán expuestos a niveles de energía que pueden causar daños cromosómicos permanentes. La falta de una atmósfera protectora y de un campo magnético robusto durante el trayecto lunar incrementa la probabilidad de mutaciones genéticas, un factor que la NASA monitorea como uno de los principales obstáculos para la exploración de larga duración.