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El peso del rendimiento: la depresión en la sociedad de la autoexplotación

Un análisis sobre cómo el imperativo de la productividad y el optimismo permanente, teorizado por el filósofo Byung-Chul Han, contribuye al agotamiento mental contemporáneo.
La depresión es un problema mental que padecen cada vez más personas.

La depresión ha dejado de ser un fenómeno aislado para consolidarse como un desafío estructural de la salud pública contemporánea. Según estimaciones de la Organización Mundial de la Salud (OMS), esta condición afecta aproximadamente al 4% de la población global, posicionándose como una de las principales preocupaciones para los expertos en salud mental. En el contexto boliviano, al igual que en el panorama internacional, el incremento del malestar emocional plantea interrogantes profundas sobre el costo humano de un sistema que exige productividad ininterrumpida, optimismo permanente y un éxito visible en las plataformas digitales.

De la disciplina al rendimiento

El filósofo Byung-Chul Han ofrece una lectura crítica de esta crisis al proponer que la sociedad contemporánea ha transitado de un modelo disciplinario a una “sociedad del rendimiento”. En este nuevo paradigma, el individuo ya no se encuentra sometido principalmente por una autoridad externa que impone prohibiciones, sino que se convierte en su propio supervisor. La presión interna por ser eficiente, competitivo y exitoso reemplaza al mandato externo, transformando la libertad aparente en una forma de autoexplotación silenciosa. Bajo este esquema, cualquier límite o debilidad es interpretado por el sujeto no como una circunstancia humana, sino como un fracaso personal.

La tiranía de la positividad

Este modelo se sustenta en una cultura de positividad excesiva. El imperativo social de que “todo es posible” y la obligación de mantener una actitud resiliente ante cualquier adversidad terminan por asfixiar al individuo. En este marco, la tristeza es catalogada como un error de gestión y la vulnerabilidad se oculta sistemáticamente para no empañar la imagen de control absoluto. El resultado es un agotamiento mental profundo que se distingue del cansancio físico tradicional: es un estado ligado a la exigencia continua de estar disponible, optimizarse y sostener una apariencia de éxito constante.

Señales de un agotamiento estructural

El cansancio de la modernidad no se resuelve simplemente con el descanso físico, pues nace de una presión estructural que impide la desconexión real. Entre las señales más comunes de este fenómeno se encuentran la incapacidad de disfrutar del silencio, la necesidad de ocupar cada instante para evitar el vacío y una autoevaluación punitiva del propio cuerpo y la vida social. En un entorno centrado en el rendimiento individual, los vínculos tienden a volverse instrumentales, lo que favorece la soledad y el aislamiento.

Comprender que el malestar emocional a menudo no es una debilidad individual, sino una respuesta a las demandas de una sociedad que penaliza el descanso, es fundamental para abordar la salud mental de manera integral. Reconocer estas dinámicas permite tomar medidas necesarias para preservar el bienestar interior en un mundo que rara vez permite detenerse.

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