El reciente estreno cinematográfico de Cumbres Borrascosas ha reavivado el interés global por la obra de Emily Brontë. La autora, responsable de uno de los pilares del gótico romántico, se mantiene hoy como una figura ineludible de la narrativa universal, una posición que comparte con sus hermanas, Anne y Charlotte, esta última célebre por su novela Jane Eyre.
Sin embargo, el reconocimiento de las Brontë no fue un fenómeno inmediato ni uniforme. Mientras que Charlotte logró una celebridad temprana, tanto Agnes Grey como Cumbres Borrascosas enfrentaron el rechazo de la crítica contemporánea. En el caso de la obra de Emily, los examinadores de la época cuestionaron la complejidad psicológica de sus personajes y ciertas libertades morales que resultaban inadmisibles para los estándares victorianos. Fue necesario el paso de un siglo para que el texto fuera finalmente canonizado como la obra maestra que es hoy.
Un camino marcado por la adversidad económica
La trayectoria hacia la publicación de estas novelas estuvo plagada de obstáculos. Anne, Charlotte y Emily Brontë se vieron obligadas a sortear prejuicios de género y dificultades financieras que las llevaron, en última instancia, a autofinanciar sus primeras incursiones editoriales. Hijas de un clérigo rural con ingresos modestos, las hermanas carecían de capital propio. En la Inglaterra del siglo XIX, sus limitadas opciones laborales se reducían a ejercer como institutrices o maestras, ocupaciones que Emily, en particular, rechazaba con firmeza.
Desde una edad temprana, las tres hermanas y su hermano Branwell demostraron una profunda vocación artística. No obstante, la publicación profesional representaba un desafío sistémico: las mujeres escritoras eran subestimadas tanto intelectual como socialmente. Esta realidad las forzó a ocultar sus identidades bajo pseudónimos masculinos y a invertir sus ahorros personales para ver sus obras impresas.
El costo del anonimato
El primer proyecto conjunto de las hermanas fue un poemario cuyos costos de impresión, que ascendieron a 50 libras de la época (una cifra que hoy superaría los 9.000 euros), fueron cubiertos íntegramente por ellas. A pesar del sacrificio económico, el libro fue un fracaso comercial absoluto, logrando vender únicamente dos ejemplares. Lejos de desistir, este revés las impulsó a incursionar en el género de la novela.
En 1847, aparecieron las primeras ediciones de Jane Eyre, Cumbres Borrascosas y Agnes Grey. Para lograrlo, debieron pactar con editores bajo condiciones onerosas. Mientras Charlotte encontró respaldo en la firma Smith, Elder & Co., Emily y Anne tuvieron que recurrir a Thomas Catley Newby, un editor de menor prestigio que les exigió otras 50 libras bajo la promesa de reembolso supeditada a las ventas. Jane Eyre se convirtió en un éxito rotundo, agotando ediciones y despertando una curiosidad masiva por los misteriosos hermanos Bell, el pseudónimo utilizado por el trío.
Tragedia y reconocimiento póstumo
El éxito literario definitivo llegó demasiado tarde para la mayoría de la familia. Emily Brontë falleció a los pocos meses del lanzamiento de su novela, sin llegar a conocer el impacto duradero de su obra. Anne moriría poco después, en 1849, y Charlotte, en 1855. Ninguno de los hermanos alcanzó los 40 años de edad, víctimas de la tuberculosis, una enfermedad que diezmó a la familia en una época donde la medicina aún no comprendía su origen bacteriano.
En 1850, Charlotte Brontë publicó una biografía de sus hermanas, revelando finalmente sus identidades y el arduo proceso creativo que dio vida a sus novelas. Gracias a este gesto, el mundo pudo conocer la historia detrás de las plumas que, desde la austeridad de un hogar rural, transformaron para siempre la literatura inglesa.