Entre lo dulce y lo amargo se despliega la narrativa de Parque Lezama, la más reciente producción dirigida por Juan José Campanella que hoy se estrena en las salas de cine del país y llegará a Netflix el próximo 6 de marzo. Durante casi dos horas, la cinta propone un ejercicio de introspección y diálogo que transita entre la risa y la melancolía, apoyada en las actuaciones de Luis Brandoni y Eduardo Blanco. La obra, que conserva su esencia teatral, se sitúa de manera casi exclusiva en un banco de parque, donde la cámara se convierte en un testigo silencioso de un encuentro cotidiano y revelador.
El filme encuentra su origen en la pieza I’m Not Rappaport del autor estadounidense Herb Gardner, estrenada en Broadway a mediados de los ochenta. La vigencia del texto radica en su capacidad para abordar conflictos universales: el miedo al olvido, la resistencia ante la obsolescencia y las emociones que persisten a pesar del avance cronológico. Campanella, quien ya dirigió esta historia con éxito en escenarios de Sudamérica y Europa, traslada ahora esa complicidad actoral al lenguaje cinematográfico con una sobriedad notable.
Dos visiones de la existencia
La trama se sostiene sobre el choque de dos personalidades opuestas. Por un lado, Antonio Cardozo —interpretado por Eduardo Blanco— representa la vulnerabilidad de quien ha dedicado su vida al servicio técnico y se aferra a su empleo a pesar de haber superado la edad de jubilación. Su existencia transcurre en la penumbra de un sótano, intentando volverse invisible para evitar el despido ante una nueva administración que prioriza la modernización sobre la experiencia. Su pragmatismo lo lleva a negociar con la adversidad, aceptando incluso pagar por seguridad personal en un intento de conservar su rutina.
En el extremo opuesto se encuentra el personaje de Luis Brandoni, un hombre cuya identidad se revela solo hacia el final y que combate la vejez mediante la imaginación y el idealismo. Exmilitante político y narrador empedernido, utiliza el relato fantástico como una forma de resistencia contra el entorno y contra su propia familia, que busca trasladarlo a un centro de cuidados para adultos mayores. Mientras Cardozo se inclina por la rendición estratégica, el personaje de Brandoni opta por la audacia y el ingenio para enfrentar injusticias, desde abusos juveniles hasta la frialdad de los tecnócratas contemporáneos.
La palabra como refugio
La fuerza de Parque Lezama no reside en una acción trepidante, sino en la profundidad de sus diálogos. Es en la palabra donde los personajes encuentran su dignidad y su refugio frente a una sociedad que parece haber decidido por ellos. Existe un momento particularmente memorable en el que Brandoni relata la historia de una histórica huelga laboral de principios del siglo XX para explicar el origen del nombre de su hija, Clara. La escena, cargada de una ternura austera, ilustra cómo los relatos familiares configuran nuestra identidad y nos conectan con un pasado de lucha y principios.
La interpretación de Brandoni es de una sutileza ejemplar, capturando los matices de un hombre que se indigna ante la realidad pero que, al mismo tiempo, es consciente de sus limitaciones físicas. Aunque sus embates terminen a veces en caídas que requieren el uso de un andador, su espíritu permanece inalterable. Por su parte, la actuación de Blanco resuena en la mayoría de los espectadores por su realismo; es el hombre que acepta el mundo tal cual es y busca encontrar un consuelo en la indemnización del retiro.
Finalmente, la película plantea una pregunta fundamental sobre la naturaleza de la vejez. Si bien el paso del tiempo es el catalizador del conflicto, el centro de la obra es la dignidad humana. Campanella logra demostrar que, más allá de la edad, la verdadera disputa se encuentra en la forma en que cada individuo decide pararse frente al mundo. Ganar o perder, en este contexto, son solo circunstancias frente al valor innegable de mantenerse fiel a las convicciones propias.