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Haruki Murakami: El arte de descender al subconsciente sin un mapa

El aclamado autor japonés reflexiona sobre su proceso creativo casi místico, su reciente recuperación de una enfermedad grave y el giro narrativo hacia una perspectiva femenina en su próxima obra.
El autor japonés Haruki Murakami hizo dos apariciones públicas en Estados Unidos el mes pasado, algo poco habitual, incluida una ceremonia en la que se reconoció su trayectoria.

Cuando Haruki Murakami se sienta a escribir, no tiene idea de lo que va a pasar. Esta confesión resulta sorprendente para un novelista de su trayectoria, un ícono literario mundial que ha firmado más de 40 libros y vendido decenas de millones de ejemplares en numerosos idiomas. Sin embargo, tras casi medio siglo de carrera, el proceso creativo del autor sigue siendo un misterio, incluso para él mismo.

“No tengo ningún plan; solo escribo, y mientras lo hago, pasan cosas extrañas de manera muy natural, automática”, explicó Murakami durante una reciente entrevista en Nueva York. Para el autor, el acto de escribir ficción es un viaje hacia el subconsciente, un mundo alternativo donde las reglas de la realidad se suspenden y del cual él solo actúa como un cronista que regresa para relatar lo visto.

Un autor entre dos mundos

A pesar de su estatus de celebridad global, Murakami se describe a sí mismo como un hombre común, alejado de la imagen del genio atormentado. Su única habilidad singular, sostiene, es esa capacidad de descender a lo profundo y volver ileso. Durante su estancia en Manhattan, se mostró como un hombre que prefiere la penumbra de los bares subterráneos y la comodidad de una sudadera con capucha antes que los reflectores de la vida pública.

El autor de 1Q84 y Crónica del pájaro que da cuerda al mundo evita sistemáticamente la televisión y los discursos. No obstante, su presencia sigue generando una expectación casi religiosa. Sus lanzamientos editoriales son recibidos con vigilias en librerías y sus lectores analizan obsesivamente cada referencia musical o culinaria en sus textos. A sus 77 años, su nombre es una constante en las quinielas del Premio Nobel de Literatura, una atención que tanto él como su agencia literaria han aprendido a tomar con humor.

Resurrección y nuevos horizontes narrativos

Recientemente, Murakami enfrentó un desafío personal que lo alejó de las letras: una enfermedad grave que lo mantuvo hospitalizado durante un mes y le provocó una pérdida de peso considerable. Durante el punto más crítico de su dolencia, el impulso de escribir desapareció. Su recuperación, por tanto, no fue solo física, sino también creativa. “Es una especie de resurrección”, afirmó sobre la finalización de su nueva novela, escrita tras este episodio.

Esta nueva obra, que ya se prepara para su distribución internacional, marca un hito en su bibliografía al ser la primera narrada principalmente desde una perspectiva femenina. El autor, que ha enfrentado críticas en el pasado por la construcción de sus personajes femeninos, asegura que habitar la voz de Kaho —una joven artista e ilustradora— se sintió sorprendentemente natural. Aunque los detalles de la trama se mantienen bajo reserva, Murakami adelanta que, fiel a su estilo, la cotidianidad de la protagonista pronto se verá interrumpida por lo fantástico.

El estilo que nació de la traducción

La génesis de su estilo sobrio y directo tiene un origen pragmático. En sus inicios, al enfrentar dificultades para redactar en su lengua materna, probó escribir en inglés para luego traducirse al japonés. Este ejercicio limitó su vocabulario, obligándolo a prescindir de adornos innecesarios y a priorizar el ritmo, una influencia directa de su pasión por el jazz.

Aunque en sus primeras décadas fue visto como una “oveja negra” por la crítica académica japonesa, que lo consideraba demasiado influenciado por la cultura occidental, el tiempo ha consolidado su posición. Hoy, Murakami no solo es un referente indiscutible, sino un puente para nuevas generaciones de escritores que exploran narrativas experimentales. Inmerso en su rutina de madrugadas, escritura y atletismo, el autor concluye que la ficción sigue siendo su forma de autoexploración: “Incluso cuando envejezco, aún hay espacio para explorar”.

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