A lo largo de la historia, el ascenso de nuevos centros de poder ha estado frecuentemente acompañado por un intento sistemático de desmantelar el legado de sus antecesores. Esta denominada “batalla cultural”, término acuñado por la tecnocracia contemporánea para describir la disputa por el relato histórico, tuvo uno de sus episodios más lúgubres y extremos en la Roma de los siglos IX y X. En aquel entonces, un pontífice ordenó la exhumación de su predecesor para someterlo a un juicio público, en un esfuerzo por anular su gestión y satisfacer los intereses de las facciones políticas dominantes.
El término “cadáver político” suele emplearse hoy para describir a figuras que han perdido su influencia; sin embargo, para el Papa Formoso, esta metáfora se convirtió en una realidad literal y grotesca. Fallecido a los 80 años en circunstancias nunca del todo esclarecidas, Formoso protagonizó involuntariamente el Sínodo del Cadáver, un evento que ilustra la profunda inestabilidad del papado en una época donde, entre los años 896 y 904, la silla de San Pedro cambió de ocupante casi anualmente debido a las violentas disputas entre clanes locales y pretendientes al imperio.
Un pontificado en el centro de las ambiciones imperiales
Formoso, antiguo obispo de Oporto y experimentado diplomático, desarrolló su carrera en un tablero político fragmentado. Su alineación con Arnulfo de Carintia, futuro emperador germánico, lo situó en una posición antagónica frente a las familias poderosas de la península itálica, particularmente los Spoleto. Aunque inicialmente fue excomulgado por sus inclinaciones políticas, logró recuperar su estatus y, eventualmente, acceder al trono papal en el año 891.
Sin embargo, el apoyo de Formoso al bando germánico, tras haber recibido refugio de los italianos en tiempos de persecución, sembró un resentimiento que germinaría tras su muerte. A los pocos meses de su fallecimiento y tras el breve paso de Bonifacio VI, ascendió Esteban VI. Bajo la influencia de la familia Spoleto, el nuevo pontífice ordenó desenterrar los restos de Formoso para someterlos a un proceso judicial sin precedentes.
El juicio al cuerpo presente
En una escena que desafía la lógica jurídica y religiosa, el cadáver de Formoso fue revestido con los ornamentos papales y sentado en un trono frente al tribunal. Se le asignó un abogado defensor y un diácono tuvo la tarea de responder a las acusaciones en nombre del difunto. El cargo principal sostenía que su elección había sido ilegal bajo el derecho canónico de la época, que prohibía a los obispos trasladarse de una sede a otra.
El veredicto fue una condena absoluta: se revocaron todos sus actos y ordenaciones. Como castigo adicional, el cuerpo fue despojado de sus vestiduras, se le amputaron los tres dedos con los que impartía la bendición apostólica y sus restos fueron arrojados inicialmente a una fosa común, para luego ser lanzados a las aguas del río Tíber por orden directa de Esteban VI.
Consecuencias y legado artístico
La brutalidad del evento no logró consolidar el poder de sus perpetradores. Por el contrario, la indignación pública ante la profanación exacerbó la inestabilidad. Meses después del juicio, Esteban VI fue encarcelado y ejecutado. En el año 899, el Papa Juan IX rehabilitó oficialmente la memoria de Formoso, prohibió para siempre la realización de juicios póstumos y ordenó un entierro solemne para los restos que, según la tradición, habían sido recuperados del río por un pescador.
Este perturbador capítulo de la historia eclesiástica fue inmortalizado siglos después por el pintor academicista francés Jean-Paul Laurens. Su obra, titulada El Papa Formoso y Esteban VII (atendiendo a la numeración de la época), captura la tensión y la mirada crítica hacia el uso del poder religioso como herramienta de venganza política. La pieza, presentada originalmente en el Salón de París en 1870, se conserva hoy en el Museo de Artes de Nantes, permaneciendo como un recordatorio de que, aunque el poder intente borrar el pasado, la historia suele encontrar el camino de regreso.